Lunes, 20 de febrero de 2006
Coki Debernardi convocó más de 6 mil personas en el ciclo "Artistas a cielo abierto"
Pedro Squillaci / La Capital
El rock siempre estuvo asociado a la rebeldía, a la energía visceral y a ese estigma de gritar bien fuerte lo que otros no se animan ni a susurrar.
Coki Debernardi es un claro ejemplo de ese rock -género un tanto debilitado en la escena nacional- y su dilatada experiencia le permitió comprender que para ser un rockero de verdad primero hay que ser un artista.
En el show del sábado pasado ante más de 6.000 personas en el Anfiteatro, Coki demostró su peso específico como compositor e intérprete y que hasta puede relegar a una figura del talento de Fito Páez a un espacio secundario casi sin proponérselo (ver aparte).
"Perdida", el título de su nuevo álbum, fue la excusa de esta presentación, pero el cañadense se permitió revisar su historia y no sólo repasó clásicos de su carrera sino que hasta se dio el lujo de volver a tocar con su querido grupo Punto G. Una yapa para los que gustan del rock de gargantas gastadas y guitarras feroces.
Eran cerca de las diez de la noche del sábado y comenzó a flotar una música en el ambiente que se asemejaba más a la previa de un espectáculo hollywodense que al de un rockero de pura cepa. Encima, los cables de los instrumentos y equipos estaban iluminados, todo un golpe de efecto para el público.
"Bienvenidos a este viaje, bienvenidos a Perdida", descerrajó Coki, de traje negro, camisa amarilla con encaje blanco y gafas oscuras. La ciudad imaginaria de su disco, con retazos de Rosario, despuntaba de a poquito. Los Killer Burritos Julián Acuña (guitarra), Eloy Quintana (bajo) y Tito Barrera (batería) demostraban que podían transitar por esas calles con la misma actitud que su líder.
La propuesta de Coki tiene un aire a aquel Tin Machine de David Bowie de fines de los 80. Coki es un contador de historias, cada vez más intensas, cada vez más irresistibles, en las que desfilan paisajes urbanos, amores desencontrados y furias contra la sociedad de consumo.
La disfonía de su voz le da un color inconfundible a cada canción, y por momentos roza la cuerda sensible a su antojo: "Yo quería ser libre, inteligente y ahora estoy medio atontado, víctima del rock", ironizó en "El perfume de los 17".
"Los Stones están tocando gratis en Río y nosotros acá", le dijo a su gente. Sin embargo, cuando Punto G cerró con "Cae lenta" e "Indios", la única satisfacción rockera pasaba por el piso del Anfiteatro.
FITO, UN AMIGO QUE NUNCA FALLA
No es común que una estrella del nivel de Fito Páez acepte tomar un rol secundario en un escenario. Pero el espectáculo estuvo tan bien diseñado que Fito tocó, cantó y disfrutó con bajo perfil y sin tener que soportar que alguien grite "¡Tocá Tumbas de la gloria!". El concepto del show y la actitud de Coki y Fito fue medular para que el público aceptara la propuesta sin ningún desubicado de turno. Fito salió a cantar y tocar "La verdad" y la gente se puso de pie. La efervescencia, medida, llegó también a "Linyera" y los aplausos, respetuosos y agradecidos tenían un mensaje. Más allá del oficio de Vandera en "Locos y sucios", fue bellísimo el set Páez-Coki a dúo con "Mis ruinas" y "El fantasma caníbal y la niña encantada", compuesta por ambos. Hasta Coki homenajeó a Fito en "La moneda" cuando cerró cantando "La vida es una moneda". También fue conmovedor ver a Páez tocando un tema tan emblemático para Coki como "Baila".
Por: Mario Alvarez | NOTICIAS | Comentarios (0) | Referencias (0)
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